—¡Hombre! ¡Qué extraño!
—Sí. Algunas barbaridades hicimos juntos; pero también nos las dieron buenas.
—Es raro que encuentre uno aquí gentes que conocen a los amigos de Bayona —exclamó Alvarito.
—Este mundo es un pañuelo —dijo sentenciosamente el señor Blas.
—¿Y qué hace ahora don Ugenio? —preguntó el ex miliciano.
—Está en Bayona.
—Aquel siempre andará con sus intrigas y sus maquinaciones. Es atravesao, de la piel del diablo.
El ex miliciano habló con cierta ironía de la milicia nacional de su tiempo, de la campaña de Cataluña en 1823, a las órdenes de Mina, y del antiguo entusiasmo por la Constitución, cuando Miniussir, un italiano, teniente coronel del regimiento de Barbastro, preguntaba a su tropa: «Barbastro, ¿cuál será tu suerte?». Y los soldados contestaban a coro: «Constitución o muerte».
El antiguo miliciano se reía al recordar tales cosas.
Al día siguiente, Alvarito y el señor Blas fueron a Aranda, pueblo convertido en barrizal con la lluvia del día anterior. En la posada, con pretensiones de fonda, les sirvieron café con leche y pan, y Alvarito, creyéndose en casa de Chipiteguy, dijo al mozo: