—Deme usted también un poco de manteca de vaca.

—Aquí no se gasta eso —contestó el mozo con rudeza.

Y una vieja añadió:

—Esa es comida de protestantes.

—¿De protestantes? —exclamó Alvarito asombrado—. No veía la relación entre el protestantismo y la mantequilla; pero pensando en ello comprendió que, así como el catolicismo es fundamentalmente aceitoso, el protestantismo está más bien impregnado de manteca.

Alvarito comentó con el señor Blas la molestia que produce en la gente el tener costumbres que no son las suyas.

—¿Qué quiere usted? —dijo el mantero—. Costumbre buena o mala, el villano quiere que vala o que valga, que es igual.

Realmente, la costumbre antigua y rutinaria tiene indudablemente grandes ventajas y comodidades.

Por la noche, el señor Blas llevó a Alvarito a un café, con honores de casino, de la plaza. Se reunían allí arrieros, capataces de fincas y aperadores, unos carlistas y otros liberales. Estaba también un relojero, el señor Schültze, suizo, que conoció a Aviraneta en su época de regidor constitucional, y un farmacéutico, el señor Castrillo.

Se habló de la guerra, y principalmente de Merino y de Balmaseda. De Merino, Álvaro había oído a su padre y a los carlistas de Bayona relatar varias anécdotas, pero no de Balmaseda, cuya existencia ignoraba.