Uno de los contertulios de café, un arriero, contó rasgos de la vida de este cabecilla.
—Balmaseda es de Fuentecén —dijo—, pueblo que está en el camino entre Aranda y Nava de Roa. Yo soy de un lugar de al lado y he oído contar muchas historias de su vida.
—¿Qué tipo es? —le preguntaron.
—Es un tipo extraordinario; tiene una estatura de gigante, unas fuerzas de toro y la piel atezada y negra.
—¿Usted le ha conocido?
—¡Sí, le he conocido! Ya lo creo. Juan Manuel, así se llama Balmaseda, es un frenético, un loco. Siempre ha querido ser el primero a toda costa; por eso se puso contra don Basilio en la expedición que mandaba este, y luego, contra Maroto. En sus proclamas hablaba siempre de exterminar a los traidores, de destruir la infame canalla y de acabar con la anarquía. Si entraba en un pueblo, Balmaseda fusilaba a todo el mundo, aunque hubiera dado palabra de respetar la vida de los prisioneros. Dejaba a los soldados que saquearan libremente. Se robaba, se violaba a las mujeres y se acababa incendiando todo.
—¿Tan bruto era? —preguntó Alvarito.
—Sí; desde mozo fue así —dijo el arriero—. Una vez, siendo Juan Manuel muchacho, riñó con un tío de su pueblo, el tío Freilón, y le pegó un puñetazo en la cara que le saltó tres dientes. Antes de comenzar la guerra andaba escapado por sospechoso; cuando volvió a su pueblo se metió en casa de don Diego Gibaja, su enemigo; le cogió el mejor caballo y se lo llevó. Luego, en la guerra, cuando entró en el pueblo, fusiló a muchos de sus amigos porque no eran carlistas; les mató las mulas, los caballos y hasta los gatos, y les quemó las casas.
—Pero eso no es un hombre, sino una fiera, un animal salvaje —dijo Alvarito.
—Pues así era él —replicó el arriero—. Cuando entró en Fuentecén vio impasible cómo fusilaban a un amigo con quien antes de echarse al monte jugaba al tresillo; cómo mataron a un mozo que había estado de criado suyo y cómo violaron a una muchacha, amiga de su familia, y luego la mataron de un culatazo en la cabeza.