—Allí ya se sabía cuál era la consinia —dijo un aldeano—: afusilar a todo Cristo.
—Era un tío muy bragado —añadió un viejo.
—Sí; pero a pesar de eso —dijo Castrillo, el farmacéutico—, cuando vino el manco, don Saturnino...
—Otro que tal baila, que ha sido traidor a todos —saltó uno con aire de labrador.
—Bien, eso no tiene nada que ver; pero don Saturnino el Manco le dio una paliza a Balmaseda en Campisábalos que lo dejó turulato y por poco no le coge, y eso que llevaba menos gente que el otro.
Los carlistas no hicieron mucho caso de las palabras del farmacéutico.
—Juan Manuel es un hombre que no puede resistir la contradicción —indicó un aperador carlista.
—Entonces, ¿cómo obedecía a Merino? —preguntó el relojero suizo.
—Merino le tenía miedo.
—Merino siempre ha sido un pastelero —dijo el farmacéutico liberal—; con toda su apariencia de hombre terrible e intransigente, se ha acomodado a todo.