—Con Balmaseda estaba de acuerdo por su crueldad —replicó el suizo.

—¿Y qué hace Balmaseda ahora? —preguntó uno.

—Pues dicen que se va a Rusia.

Alvarito, indignado, oyendo aquellas fechorías de Balmaseda, pensaba que no podía nadie enorgullecerse de ser carlista, de ser español, ni aun siquiera de ser hombre.

Sin embargo, era necesario reconocer que a la mayoría de las personas que iba viendo en España les parecía mal la crueldad de la guerra, la gente no tenía instintos tan fieros y todos se daban cuenta de la barbarie de los cabecillas.

¿Cómo, sin embargo, habían ocurrido crueldades de aquella clase hacía tan pocos años?

El tiempo transcurrido no era bastante para que los españoles cambiaran de sentimientos. ¿Es que la gente, en tiempo de guerra, es distinta a la que vive en tiempo de paz? —se preguntó Álvaro—. ¿Es que hay dos clases de gentes? Sería difícil averiguarlo. Todo país es indudablemente un enigma, porque cada hombre lo es también. Quizá la naturaleza hace emisiones de locos y emisiones de cuerdos, como el Estado fabrica billetes de Banco de distintas clases o monedas de distinto cuño, que luego se recogen o se pierden. Tales alternativas de brutalidad y de dulzura quizá sean de influencia cósmica, como los períodos glaciares en las épocas prehistóricas.

Al retirarse del café para ir a la posada, el señor Blas le dijo a Alvarito:

—Un consejo. Cuando llegue usted a un pueblo que no conozca, no haga comentarios. Oír, ver y callar. Aquí no importa que se haya corrido usted un tantico de la lengua, porque este pueblo es ya grande; hay gente de un partido y de otro, y además, a mí me conocen; pero en otro lado, chitón.

IV