PUEBLOS DE CASTILLA

De Aranda fueron a Sepúlveda, en compañía de un comerciante de paños, amigo del señor Blas, que se llamaba García de Dios.

El señor García de Dios, alto, de cara muy larga de caballo, la barba negra, huesudo, anguloso, con las manos cuadradas y los pies grandes, hubiera parecido enérgico sin la boca, con el labio belfo, de hombre débil.

—¡Anda, Dios! —le decían en broma.

Era el señor García de Dios perezoso y poco activo, un dios de Sábado bíblico.

A mitad de camino, el señor Blas, García de Dios y Alvarito se detuvieron a comer en la posada de un pueblo. Charlaron largo rato entre ellos y con la moza rubia, muy guapa, que por la expresión, el color del pelo y de los ojos se le hubiese tomado por alemana.

Dejaron la posada y al salir oyeron gritos. Volvieron la cabeza y vieron un chiquillo que corría hacia ellos con los pies desnudos y llevando algo bajo el brazo. Se detuvieron.

—Esta manta que se han dejado olvidada —gritó el chico, y se la entregó al señor Blas.

Alvarito fue a dar unos cuartos al chico, que, sin esperar, se volvió corriendo al pueblo.

—Y luego dirán que los españoles somos ladrones por naturaleza —exclamó Álvaro.