—Todas las gentes pobres que marchan mal tienen mala fama —contestó el señor Blas.
—Así que para tener buena fama no es lo principal obrar bien, sino tener fuerza —preguntó Alvarito.
—Por lo menos, en la práctica, así es —contestó el mantero, sin dar mucha importancia a la frase suya, que encerraba una profunda filosofía bastante inmoral del éxito.
Hablaron el mantero y el señor García de Dios de sus asuntos de comercio con gran discreción y hablaron también de cuestiones familiares. Al oírlos, se preguntaba Alvarito:
—¿De dónde brotan esos hombres feroces y violentos de la guerra? ¿Por qué si hay en España una mayoría de gente como el señor Blas y el señor García de Dios no pueden imponerse a los frenéticos y a los locos?
Se podía encontrar indudablemente en España pobreza, abandono en las cosas materiales, egoísmo e indiferencia; pero no parecía que el número de la gente feroz y salvaje fuera tan grande para poder dominar el país.
Al llegar a Sepúlveda, el señor Blas y su amigo García de Dios se quedaron en el mesón de la Gallarda, donde acostumbraba a ir el mantero de Almazán. No había sitio allí y Alvarito fue llevado a una casa de la plaza, cerca del arco, que era antigua entrada del pueblo, a una posada, frecuentada casi exclusivamente por el señorío. A Alvarito le dieron un cuarto desde el cual se veía la torre de la antigua muralla, con un reloj flamante que acababan de poner.
En el comedor Alvarito conoció a una señora joven, sevillana, muy remilgada y muy redicha acompañada de un niño. La señora se encontraba en Sepúlveda con su padre y su chico, y como estaba aburrida de la soledad y deseosa de hablar, entabló conversación con Álvaro.
Por lo que contó, su padre era un indiano vizcaíno que, de vuelta de América, se había establecido en Sevilla. Ella estaba casada con un rico propietario de Marchena.
Su padre, con la manía de los negocios, había ido a Sepúlveda para ver si compraba una finca. Siempre andaba en movimiento, era su pasión, a ella en cambio le gustaba la tranquilidad. Y si le acompañaba a su padre era porque estaba ya muy viejo y no quería dejarle solo. Ella no deseaba más que volver a Marchena. ¡Ay! su Marchena.