—Mi chico etaba en un colegio del Puerto —le dijo a Álvaro con una volubilidad de canario—, pero no tiene afisión a estudiá. Muy bien, hijo mío, le he contestado yo, ¿para qué te va a calentá la cabesa? Tenemo una hermosa posesión en Marchena y otra en el Arahal (el Arahá pronunciaba ella) allí hay pájaro y flore. Dejémono de cuidao y vamo a la posesión, pero mi padre no quiere.

—Se aburrirá.

—Eso e, se aburre.

Entró el padre de la andaluza, un tipo curioso, hombre pesado, asmático, sombrío, vestido de negro, con el pelo blanco, la cara triste y cetrina y las cejas enmarañadas, con aire de desolación profunda. El hombre hablaba con acento vizcaíno en el que se enredaban algunas palabras pronunciadas a la andaluza.

La señora le presentó a Alvarito. Este se mostró un poco seco con el viejo y el vizcaíno por eso quizá le apreció más. Para el viejo los negosios era lo único importante en la vida, donde no había comersio no se podía esperar nada. En su desdén por todo lo que no fuera dinero, no sabía ni los nombres de los pueblos donde estuvo en América, y dijo repetidas veces que había vivido largo tiempo en Guandalajara, de Méjico.

—Si la cuestión única en la vida es ganar dinero —pensó Alvarito—, la cosa tiene poco interés.

La norma de vivir para ganar dinero le parecía a Alvarito demasiado estúpida para tenerla en cuenta. Este absolutismo del dinero no podía ser buena tesis más que para judíos y para vizcaínos enriquecidos en América.

Álvaro pensó que parecía mentira que de aquel hombre rudo, torpe y pesado, como hecho con un tronco de árbol y vestido con la más dura de las telas, hubiera salido aquella mujer vaporosa, insustancial y ligera. Al verlos juntos y saber que eran padre e hija se hubiese pensado en una mariposa hija de un elefante o en un megaterio padre de un mosquito.

Comieron en la mesa redonda y en la comida apareció un procurador y anticuario de Atienza, llamado don Matías Raposo, que venía a tratar de negocios con el vizcaíno. Hablaron mucho pero al parecer no se pusieron de acuerdo. Cuando no tenía argumento que oponer el viejo vizcaíno decía:

—Sí, sí..., pero no.