El señor Raposo, hombre de unos cincuenta años, pequeño, gordito, ya cano, afeitado, con anteojos, un poco barrigudo y con la sonrisa maliciosa, hablaba con ingenio.

Al ver que no había posibilidad de llegar a un acuerdo con el vizcaíno en el negocio de la venta de las fincas, se puso a charlar con la andaluza y con Alvarito.

El señor Raposo, por lo que dijo, era soltero y tenía mucha afición a la lectura. Estaba formando una gran biblioteca en su casa, comprando libros de algunos conventos cerrados por la desamortización. En alguna época, según dijo, le llegaban los libros a carros, y él los examinaba, quedándose con los interesantes y vendiendo los demás.

El señor Raposo sabía mucho de cosas populares y para demostrar sus conocimientos recitó romances antiguos: el de Baldovinos, el del Marqués de Mantua, el de don Gaiferos y Gerineldo, el de Fontefrida y de la Bella malmaridada.

A Alvarito le produjo gran placer el oír aquellos romances que no conocía.

Después se habló de la guerra, del distinto carácter que había tomado esta en el norte, en el centro y en levante, y el procurador, hombre culto, hizo un paralelo entre Cabrera y Zumalacárregui, que a Alvarito le produjo cierta sorpresa.

—Cabrera, es, indudablemente —dijo el procurador—, un hombre de suerte y de genio.

—¿Cree usted?

—Sí, él es el hombre del Mediterráneo, como Zumalacárregui lo era del Cantábrico.

—¿Quién de los dos sería más valiente?