—Tenían un valor distinto. El valor de Cabrera es frenético, el de Zumalacárregui era sereno.
—¿Y de talento, quién cree usted que tuviera más?
—También son dos clases de talento distinto. El ingenio de Cabrera es agudo y brillante, el de Zumalacárregui profundo y tranquilo. Cabrera se confiaba en la intuición; Zumalacárregui, en la intuición y en la reflexión. Cabrera veía como fin el hacer un efecto; Zumalacárregui, el conseguir un resultado.
—Cabrera era indudablemente más cómico —dijo Alvarito.
—Sí, un hombre para seducir a la multitud —repuso el señor Raposo—, un improvisador. Zumalacárregui era un organizador y un técnico.
—¿A quién compararía usted a Cabrera? —le preguntó Álvaro.
—Lo compararía con un artista como Ribera o como Salvator Rosa.
—¿Y a Zumalacárregui?
—A Zumalacárregui con un matemático y también con San Ignacio de Loyola.
A la andaluza a quien aburría esta conversación, quiso convencer a Alvarito que debía ir a Marchena y dejarse de cuidados, pero Álvaro no se convenció de que Marchena fuera la panacea universal.