Al día siguiente vio Alvarito con gusto que al señor Blas y a él se les unían García de Dios y el señor Raposo.

En el camino el procurador recitó nuevos romances a cual más expresivos y pintorescos.

Llegaron a Riaza, pueblo limpio, frío, con mucha agua por las calles, una plaza bonita y un paseo agradable, el paseo del Rasero.

Comieron en la fonda de la plaza todos, menos el procurador. Este se presentó después y dijo que iba a llamar al dueño, ex soldado de la facción.

Efectivamente, se presentó el dueño y el procurador con mucha habilidad le hizo hablar de su campaña con Merino y de la expedición de don Basilio durante la cual Balmaseda al pasar por allí pretendió avanzar hasta La Granja y apoderarse de la reina Cristina, y quizá fusilarla; pero don Basilio no quiso y riñeron y se insultaron, llamándose el uno al otro: bandido, ladrón, timador y estafador.

El señor Raposo celebró mucho y con gran malicia su manera de sonsacar al fondista.

En la fonda de Riaza comía en la misma mesa un señor flaco y bastante raído, con aire de militar retirado. Al principio dio la impresión de hombre muy veraz y muy severo, pues lo contado por el fondista le pareció sospechoso de falsedad.

De Riaza los cuatro compañeros se dispusieron a tomar el camino de Ayllón y el militar retirado fue también con ellos. Llovía, el camino se hallaba lleno de lodo y las mulas a veces metían las patas en los charcos hasta el vientre.

Poco a poco, el militar retirado, tan severo con las narraciones del fondista, se reveló como charlatán frenético y, sobre todo, como mentiroso de marca mayor. Conocía, según dijo, a todo el mundo; había visitado todos los pueblos.

—¿En Bayona? ¿Si conozco Bayona? —preguntó a Alvarito—. No conozco otra cosa. He vivido allí muchos años.