A pesar de sus conocimientos no recordaba a ninguna persona ni ningún detalle del pueblo.

Las naciones de Europa, el militar, las tenía al dedillo; las de América, lo mismo; allí había peleado él contra los insurrectos; de África conocía las costas y el interior; de Asia, la India, la China y la Siberia; de Oceanía, Borneo y las Filipinas.

Alvarito notó que, al tratar de los distintos países, no decía más que frases vagas y lugares comunes.

El señor Raposo que lo había calado, se divertía preguntándole por los pueblos más lejanos.

—¿Conoce usted la Cochinchina?

—¡Uf!... si la conozco... es admirable, magnífica, maravillosa... aquellos ríos tan anchos, aquellas montañas...

Al llegar a Ayllón el señor Blas tuvo marcado interés en separarse del militar retirado y no entrar en su compañía en la fonda.

—Es un hombre muy mentiroso —dijo a Alvarito— y no puede ser más que un petardista.

—¿Usted cree que miente?

—La cuestión sería saber si ha dicho alguna vez algo que sea verdad —contestó el mantero.