El señor Blas calculó que si se sumaban los años que aquel señor permaneció en distintas ciudades del mundo, llegarían a más de doscientos y él no parecía pasar de cuarenta a cincuenta.
El señor Raposo dijo que iba a comer en casa de un amigo del pueblo. El señor Raposo se escabullía siempre a las horas de comer.
En Ayllón quedaban algunos recuerdos de la guerra carlista, hacía poco tiempo aún que al entrar Balmaseda se llevó todo el dinero del pueblo.
El señor Raposo se reunió con Alvarito, el mantero y García de Dios después de comer.
—¿Saben ustedes? —les preguntó.
—¿Qué pasa?
—El militar retirado que se me ha acercado a pedirme tres duros.
—Y usted ¿qué ha hecho?
—Pues nada. Me he reído un poco de él y no se los he dado.
Por su vitola el procurador no parecía hombre a quien se le pudiera sacar dinero.