Pasearon por Ayllón, pero como llovía se guarecieron en un cafetucho de la plaza.

—En este pueblo —dijo el señor Raposo— vivió el condestable don Álvaro de Luna y aquí predicó también San Vicente Ferrer un sermón célebre, mandando que los cristianos no se mezclasen con judíos ni con moros, que los unos llevasen tabardos con una señal roja, la rodela bermeja, y los otros, capuces verdes con medias lunas claras, para ser conocidos desde lejos.

Se discutió con motivo de esto acerca de los judíos y de los moros. El procurador simpatizaba con los judíos, le parecían muy justas y naturales las ideas de esto sobre la prepotencia del dinero. Verdad es que por su tipo un naturalista hubiera clasificado al señor Raposo como un pajarracus semiticoide.

El señor Blas también había oído decir que la expulsión de los judíos y de los moros fue perjudicial para la industria y la agricultura de España, García de Dios no tenía opinión formada, Alvarito tampoco; pero se inclinaba a creer que la expulsión era defendible en parte y que la permanencia de los judíos y de los moros hubiera africanizado más el país.

El señor Raposo creía que los judíos habían influido en España en la aristocracia y en parte del pueblo, dándoles algunas de sus condiciones.

Al día siguiente, domingo, fueron los cuatro a Atienza y comenzaron a ver al mediodía la silueta grave de aquella ciudad, asentada sobre un cerro, bajo una aguda peña coronada por el castillo. El día estaba frío, el sol pálido iluminaba los tejados grises del pueblo.

Al llegar, el señor Raposo se marchó a su casa, García de Dios se despidió y el mantero y Alvarito fueron a hospedarse a la posada llamada del Cordón, por ostentar en su portada un gran cordón de relieve tallado en la piedra sillar y varias inscripciones góticas. Esta casa fue, según se decía, antigua lonja de los judíos.

El mantero preguntó maliciosamente al dueño de la posada por el señor Raposo y el dueño les dijo que el procurador era de una roña y de una avaricia increíble.

—¿De verdad?

—Usted no sabe. En su casa no se come ni se enciende el fuego.