—Pues él dice que compra antigüedades y libros...

—Sí, para venderlos.

—¿Pero tan avaro es?

—No tienen ustedes idea.

Al parecer, el señor Raposo resultaba hermano espiritual del licenciado Cabra y el posadero contó detalles de la sordidez del procurador que más de avaro parecían de loco.

Después de comer, el señor Raposo se presentó en la posada, para ofrecerse a acompañar a Alvarito por si quería ver el pueblo y el castillo. Sin duda el procurador deseaba lucir sus conocimientos arqueológicos.

Salieron de la posada. La tarde estaba desapacible, fría; corría un viento helado. Cruzaron varias calles y al subir hacia el castillo, en la cuesta, vieron a un cura sentado en el repecho con un bastón en la mano, en actitud pensativa. Era un hombre de cara sombría y desesperada.

—¿Qué hace este cura aquí? —preguntó Alvarito.

—Es un cura loco —dijo el procurador—. Se suele sentar en las piedras del camino y pasa así el tiempo hablando solo tristemente.

Alvarito le contempló con curiosidad y con pena.