Subieron al antiguo castillo, levantado en el cerro, sobre una gran roca caliza y Álvaro escuchó las disertaciones del procurador. Le mostró los muros, las puertas, la plaza de armas, los arcos y los torreones.

Desde lo alto del castillo explicó el señor Raposo la extensión antigua del pueblo, hasta donde llegaban los distintos barrios y dónde caía la judería.

Como hacía frío allá arriba, Alvarito no preguntó nada y, a la menor insinuación del señor Raposo de bajar al pueblo, aceptó y fueron los dos a refugiarse en el casino de la plaza.

Más de lo que contó el procurador, le impresionó a Álvaro aquella figura trágica del cura, sentado sobre una peña en la tarde helada. ¡Qué estampa para La Nave de los Locos!

Entraron en el casino del pueblo, que ocupaba el piso principal de un viejo caserón de la plaza.

Para el señor Raposo regía la costumbre inveterada por principios de no tomar nada más que cuando le convidaban y Alvarito le convidó.

Como día de fiesta, la sala del casino estaba llena de gente, y llena también de humo.

El señor Raposo calificó a los reunidos allí de gente vulgar, inculta, sin ningún carácter. Había algún tipo curioso, como un liberal, alto, de grandes barbas, anticlerical frenético. Este hombre se echaba al campo a caballo, con su carabina y sus pistolas y desafiaba a todo el que no profesara sus ideas, como si estuviese en tiempo de la caballería andante.

Aquel hombre exaltado luchaba rabioso con la indiferencia del ambiente. Cuando no tenía con quien reñir, se lanzaba en su caballo, a galope, a rienda suelta, por cualquier barranco o pedregal, a riesgo de romperse la crisma.

Otro tipo, de bufón y de jugador de ventaja, el señor Raposo indicó a Alvarito. Se llamaba Sarmiento de apellido y por apodo el Capitán.