El Capitán era un viejo alto, con la nariz gruesa y roja, bigote rubio, cano, y ojos tiernos. Andaba siempre metido en chanchullos de casas de juego y de casas de citas. No era mala persona, pero sí muy cínico, parecía el hazmerreír de todo el mundo.
Alvarito preguntó qué decía y el señor Raposo le explicó que el Capitán trabucaba a propósito todas las frases hechas para hacerlas más cómicas. Así decía, por ejemplo: Yo me lavo las manos como Mahoma. Se marcha usted por los forros de Úbeda. Es un país donde se asan los perros con longaniza.
Alvarito escuchaba a los unos y a los otros. Tenía ya idea de la pobreza del país, pero esto no le chocaba tanto como la sequedad espiritual y la agresividad de la gente, el poco afecto que se mostraban los unos a los otros y la malevolencia con que se atacaban.
Cuando Álvaro volvió a la fonda y contó al señor Blas cómo había pasado la tarde, el mantero dijo:
—Si desea usted quedarse aquí, por mí, no le importe. Yo seguiré solo.
—No, no, yo voy con usted. Por ahora me ha ido muy bien en su compañía y quiero seguir.
La perspectiva de nuevas conversaciones eruditas con el señor Raposo ya no le seducían.
V
LA MONJITA DE ALMAZÁN
A pesar de la lluvia, al día siguiente, día de mercado, salieron el señor Blas y Alvarito de Atienza; caminaron durante algún tiempo con campesinos de clásica silueta, sombreros redondos y capas pardas, y mujeres con el refajo en la cabeza, jinetes en mulos y borriquillos.