Comieron en el camino, sobre un ribazo, y al comenzar la tarde se les echó encima una niebla espesa y fría. El sol comenzó a languidecer rápidamente y fue quedando como un disco de color naranja y luego blanco, como una luna pálida, en el horizonte gris amarillento, hasta que al fin desapareció. La niebla fría picaba en la cara.
Se encontraron en el camino con unos arrieros que iban de Madrid a Navarra y, unidos a ellos, siguieron marchando en medio del mar de niebla, en el cual no se veía a tres metros de distancia.
—Estamos cruzando, en este momento, el Campo de las Brujas, de Barahona —dijo el señor Blas.
—Siento no verlo —exclamó Alvarito—; debe ser curioso.
—No; no es más que una gran llanura, pedregosa y desierta —replicó el mantero—. Antes se conservaban por aquí las ruinas de un pueblo llamado Hoyos, con su picota y su horca.
—¿Y por qué se llama esto el Campo de las Brujas? —preguntó Alvarito.
—Pues no lo sé —contestó el señor Blas—. A muchos se lo he preguntado, pero nadie me lo ha sabido decir.
—Demonio, hace frío por aquí —murmuró Alvarito.
—Ya se sabe; ya lo dice el refrán —replicó el mantero—: «En el campo de Barahona, vale más mala capa que buena azcona».
—Lo cual quiere decir que en estos campos hace frío, pero no hay peligro.