La verdad es que todos los pueblos meridionales han sido natural y espontáneamente sucios, quizá por el clima, quizá por la raza, quizá por profesar la verdadera religión, que es, como se sabe, el catolicismo. Sea por lo que sea, es lo cierto que los hábitos de limpieza en Europa han venido del Norte, de Inglaterra, de Holanda y de Escandinavia.
Cuenta un escritor francés que en el libro de viajeros de una fonda española un cura escribió esta sentencia: «Piensa que muerto serás comido por los gusanos»; y el escritor añadió: «Y vivo, por las pulgas».
Nadie duda de la exactitud de los hechos. Los gusanos y las pulgas, y otros parásitos aun más desagradables, son una realidad en todos los países latinos y católicos. Sin embargo, es posible que esta anécdota sea tan verdadera como la otra del que llegaba a una mísera venta española y decía:
—Yo quisiera tomar algo.
Y el ventero le contestaba:
—Pues tome usted asiento.
Los dos chascarrillos pueden servir de contribución al conocimiento de la España pintoresca.
A pesar de las pulgas, de los demás parásitos y del tome usted asiento de las ventas y mesones de nuestro país, hay que convenir que son casi más odiosas las fondas españolas modernas, con sus pretensiones de asepsia y de desinfección, que las antiguas.
Esta fonda moderna española aséptica, con su aire anglo jesuítico, es de una antipatía perfecta. Todo en ella es rapado, mezquino y desagradable.
Algunas poseen el aire de clínica económica. Parece que, en vez de llevar el manjar sangriento al comedor, lo van a llevar a uno al quirófano a abrirle en canal.