Todo se acerca a estar bien en nuestras modernas fondas asépticas; pero nada está bien del todo.
El comedor, en sitio oscuro y mal ventilado, con luz de acuario; el mantel, medio húmedo y de blancura gris; las alcobas, en los sitios más sombríos, a veces con ventanas a patios o a pasillos, como si el viajero fuera un plato de carne que se puede meter en una fresquera. El retrete no huele mucho, pero huele bastante para que se note su existencia; las criadas son malhumoradas; el amo o el ama, adustos, como si temieran que los huéspedes se fuesen sin pagar. Todo es aséptico, de economía y sordidez que dejan frío.
Los españoles actuales que frecuentamos estas fondas nos sentimos con el corazón tan aséptico como ellas.
Es extraña la pedantería que se desarrolla en una fonda española moderna. Todo el mundo aparece afectado, engolado, desdeñoso, de una manera tan absurda, que se siente vergüenza de pertenecer a una especie zoológica tan ridícula como la del viajero.
El mérito parece que está en decir: Yo desdeño a los demás y los demás no me desdeñan a mí. Esa es la gran preocupación. El que puede fruncir los labios con más desprecio; el que puede demostrar que cuando escribe una carta no se ha enterado de que existe otro ciudadano a su lado; el que prueba de una manera palmaria e irrefutable su majadería, es el que bate el record.
Alguien dirá: ¿Es que en los hoteles de otros países la humanidad es más amable o más simpática? No. Indudablemente, en todas partes el género es el mismo; el matiz es lo que varía. Se puede asegurar que todos los hoteles y fondas nacionales son aburridos y monótonos.
Solo cuando el hotel es internacional empieza a ser divertido, porque se convierte en algo como una fiesta de circo o una jaula de monos.
El francés, petulante, hablando en falsete; el alemán, sin cogote, con la cara lustrosa, como untada con tocino; el inglés, con aire de perro; el yanqui, amojamado; el español, inoportuno y exigente; el sudamericano, triste y amulatado; el judío, aguileño; las mujeres de los diversos tipos, pintadas, con pieles, gasas, joyas, todo esto es un espectáculo ameno y contradictorio.
Pero nuestros hoteles y nuestras fondas no son espectaculares, sino sombríos, siniestros, de una gravedad y de una seriedad funerarias. Se sube, se baja, se entra en el cuarto, como si se fuera a acompañar un entierro.
Si hay ascensor, no se puede prescindir de él. El subir unos escalones se considera, no solo como un trabajo ímprobo, sino como una ofensa.