En los comedores de estas fondas triunfa el comisionista, que emplea el palillo desdeñosamente, como si fuera algo que nos regocijara a los demás; el ver que se saca piltrafas de carne de los agujeros de los dientes. Al lado del comisionista, triunfante con su palillo, como una hiena sentada en un cementerio, está el que toma píldoras, o polvos, o bicarbonato. En las alcobas vemos las etiquetas pegadas a las paredes por los viajantes que han pasado por allí, muchas anunciando específicos para la tuberculosis, para la tiña o para la sarna; siempre cosas alegres.
Los americanos, sobre todo, son gentes que, cuando vienen a España, nos reprochan nuestro provincialismo y nuestro abandono.
Yo he llegado a pensar que actualmente tenemos demasiados escaparates lujosos, baños, inodoros, asfaltos y ascensores; en cambio, no nos distinguimos gran cosa por nuestro ingenio. Al extranjero le interesa, naturalmente, más nuestra higiene que nuestro ingenio; pero a nosotros nos puede interesar más nuestro ingenio que nuestra higiene.
España es pueblo proletario y algo zarrapastroso, que a veces tiene simpatía e intuiciones geniales. Los extranjeros quieren que dejemos nuestra intuición y nuestra simpatía a un lado y que seamos españoles asépticos.
Es un plan que indudablemente nos seduce poco. Eso de no poder pasar de ser guardas de monumentos, porteros de nuestras catedrales o de las baratijas de yeso de la Alhambra, es un poco triste. Yo creo que es preferible ser séptico e infeccioso y divertirse lo más posible.
A mí, al menos, la asepsia no me entusiasma del todo; creo que prefiero la infección. En el género fonda me gustan más que estos hoteles asépticos y funerarios aquellas fondas clásicas, grandes, sucias, con el suelo torcido, las sillas rotas, las cortinas llenas de polvo, el sofá desvencijado, con durezas terribles; las estampas de santos y las cómodas ventrudas, con un Niño Jesús con su bola de plata en la mano.
En una fonda aséptica actual sabemos que encontraremos comida más o menos auténtica, un cuarto, café con achicoria y sociedad distinguida de viajantes de comercio o de millonarios, que no se diferencian nada de los viajantes.
En la fonda española clásica, séptica e infecciosa, había sorpresas. Se buscaba una comida regular, y se encontraba una aventura política; se iba detrás de un guiso de carnero, y se salía enamorado de la criada; se oían gritos en el cuarto de al lado, y se averiguaba que había un loco furioso; se miraba por un agujero de la pared, y se veía una mujer muy guapa; salía uno al balcón, y se encontraba uno con un loro o con un mono de algún indiano venido a España, en compañía de una negra.
Un poco de suciedad, con simpatía y gracia, es más agradable que esta tiesura de ahora, con su asepsia y su pedantería correspondiente; y no es que defienda uno lo antiguo por amor al turismo y a la chatarra de lo pintoresco. No.
Sin duda no podemos ser cuidadosos, minuciosos, meticulosos. No lo seamos. ¿Qué importa? ¿Que el extranjero nos denigra un poco? ¿Que el rasta americano se crea superior a nosotros, porque la porcelana de sus comunes es superior a la nuestra? Nada de eso nos debe preocupar.