Alvarito consultó el mapa para ver si podía ir directamente desde Molina a Cañete en dos o tres jornadas, por el monte; pero el camino era frecuentado y recorrido por restos de partidas carlistas. La dueña de la fonda le recomendó fuese a Teruel con algún arriero, y de allí, por la carretera, a Cañete. Debía esperar, por lo menos, dos días.
En el comedor de la fonda de Molina, Alvarito conoció a un abogado, joven y melenudo, a quien no le interesaba nada de cuanto pasaba a su alrededor, y que vivía soñando en Madrid, y sobre todo en París.
El abogadito creía ver la ciencia completa del mundo en Balzac, de quien tenía muchas novelas. Trastornado por aquella literatura aristocrática quería imitar a los personajes favoritos de sus libros y se dedicaba a vestirse elegante, a cuidar de sus melenas y a llevar siempre las manos enguantadas. Era afectado y repipiado hasta más no poder. Gesticulaba con ademanes de madama y a cada paso se miraba a sus manos, que sin duda por algún motivo especial le encantaban. En la fonda, y al parecer también en el pueblo, se reían de sus levitas, de sus melenas y de sus guantes.
Un prestigio de la casa, y también de la ciudad, era el cura don Juan Juvenal. En la hora de comer Alvarito no vio a este cura, porque había ido a un pueblo próximo a echar un sermón. De don Juan Juvenal se hablaba con gran entusiasmo. De noche Álvaro encontró a don Juan en el comedor de la fonda.
Era el clérigo un hombrecillo moreno, feo, de ojos negros muy brillantes como el azabache, las cejas cerdosas, salientes, la tez pajiza, de hombre enfermo, el labio belfo y los dientes amarillentos y ennegrecidos; una fisonomía atormentada, pero de gran expresión.
El cura, sin duda malo del estómago, comió muy poco, tomó bicarbonato, después café y habló por los codos con voz chillona. Se expresaba con facilidad y elocuencia, pero siempre había en sus palabras un deje de pedantería de seminario.
Se puso a hablar ante los huéspedes, y entre ellos el abogado balzaquiano, un poco ex cátedra, observando el efecto producido por sus palabras en un forastero como Álvaro.
El clérigo tenía la costumbre de inclinarse en la silla cuando estaba en el comedor, de balancearse y apoyar la cabeza en la pared, con lo cual había dejado una mancha oscura y grasienta en el papel.
El abogado le gastó varias bromas estólidas sobre un poema que al parecer escribía el cura, cantando las hazañas de Cabrera.
Don Juan, con gran ingenio y con muchos textos, defendió la tesis de que los príncipes debían de ser ignorantes para ser buenos, y los grandes capitanes, bárbaros y crueles. Aquella paradoja le permitió hacer gala de memoria y de erudición.