Le gustaba llamar a la Virgen, sacro asombro, animado y epítome de Dios; a las nubes, cándidas holandas del ambiente; a los ángeles, océanos cerúleos del Empíreo, y a los apóstoles, participios del verbo que se perora.

Todas las ingeniosidades y frases felices de Góngora, de Argensola, de Quevedo, citadas en la Agudeza y arte de ingenio, del padre Gracián, le encantaban.

Le hubiera gustado escribir un libro y llamarlo: Silva de varia lección.

Se veía que el clérigo era hombre asombrado de tener ingenio, como quien encuentra un filón que no sospecha. Naturalmente, abusaba de su ingeniosidad. Ya se sabe que el mendigo a caballo lo hace galopar hasta la muerte.

—Todo el mundo tiene cualidades y defectos —dijo don Juan—; los defectos son muchas veces como las conteras de las cualidades. Ahora, que en muchos hombres todas son conteras.

Envolviéndolo en frases de retórica conceptuosa, hizo un gran elogio de Cabrera.

El cura explicaba el que muchos carlistas no comprendieran la superioridad de Cabrera por torpeza de meollo del vulgo.

—Cuando una fruta empieza a madurar o se halla del todo madura —dijo—, el inteligente afirma: Ya está; pero el público no la encuentra madura hasta que no empieza a pudrirse.

Esto le ocurría a Cabrera, según él. Pasados veinte o treinta años, todo el mundo le admiraría.

Cabrera tenía algo de azote de Dios; su paso se hallaba señalado en muchos versículos del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¿Que se le atribuían crueldades? Eran ciertas; las mismas que los escritores latinos y griegos atribuían a los bárbaros del norte que iban a regenerar el mundo.