Don Juan Juvenal variaba fácilmente de opinión; tan pronto se manifestaba partidario de los bárbaros como de los romanos de la decadencia. En su astucia oponía, como dice Gracián, frase que a don Juan debía parecer admirable, a juzgar por las veces que la repetía, la milicia a la malicia.
Cabrera poseía, según el cura, el don de la adivinación; la víspera de la batalla de Maella había dicho: Mañana morirán Pardiñas (que era el jefe de la fuerza enemiga) y uno de los que están aquí, y así sucedió.
El clérigo contó algunas ocurrencias de Cabrera, que Alvarito se atrevió a calificar de fantochadas.
—¡Ah, claro! —replicó don Juan—; así tiene que ser. Totus mundus exercet histrionem, ha dicho o le han hecho decir a Petronio, frase que no hay necesidad de traducir porque se entiende. Un buen político, un buen caudillo, ¿qué necesita ser? Un buen histrión. Es lo primero, lo transcendental.
Alvarito se sentía un poco mareado de oír exponer teorías tan contrarias al buen sentido de un Chipiteguy.
El cura siguió diciendo que allí mismo don Juan Palarea, el médico, el guerrillero de la guerra de la Independencia, infringió un golpe terrible a Cabrera en los alrededores de Molina, haciéndole más de quinientos muertos, otros tantos heridos y rescatando trescientos prisioneros que los carlistas cogieron en Terrer; pero esto no era nada para el gran campeón de Tortosa. Las desgracias hacían crecer al adalid del trono y del altar, al gran Macabeo que cruzaba el fuego sin peligro como las salamandras.
Don Juan habló de las hazañas de Cabrera y, entre ellas, de sus fusilamientos, como si también fueran hazañas.
En Nogueruelas, en Alcotas, en Ulldecona, en el Hornajo había fusilado soldados y nacionales a cientos; en algunos lados obligándoles antes a cavar su sepultura. En otra parte, después de mandar desnudar a cincuenta soldados, había mandado que los persiguieran a sablazos y a lanzadas.
Había cometido otras fechorías del mismo orden. En Codoñera fusiló a dos niños; en Valderrobles, a tres mujeres; en Gandesa, a Joaquina Foz de Beceite, embarazada, por tener un hermano liberal; en Maella sacó cuarenta heridos del hospital para fusilarlos en la plaza; en Villahermosa mandó matar a siete niños menores de diez años. Cuando abandonó Cantavieja, ordenó pegar fuego a los hospitales, llenos de heridos cristinos, y al retirarse hacia Francia y pasar el Ebro, echó al río algunos nacionales que llevaba prisioneros.
El cura contó otro rasgo de humorismo de Cabrera. Habían sido cogidos y llevados a Morella un joven oficial cristino y veinticinco soldados para ser fusilados sobre la marcha. Cabrera fumaba, apoyado en un balcón de su alojamiento que daba a la plaza. La hija del dueño de la casa se acercó a Cabrera y pidió a don Ramón que no fusilara al oficial cristino, a quien conocía.