—Está bien; no se le fusilará —dijo Cabrera secamente.

Los veinticinco hombres fueron fusilados y el oficial no. Al día siguiente Cabrera llamó al oficial y luego a la muchacha.

—Matadlo a bayonetazos —dijo a sus soldados, mostrándoles el oficial, y volviéndose a la muchacha, añadió irónicamente—: Ya ve usted que he cumplido mi promesa de no fusilarlo.

El cura afirmó que la guerra había que hacerla así: con crueldad, aterrorizando al pueblo.

Alvarito se retiró a su cuarto mareado; le parecía que el vaho de la sangre llegaba hasta él. ¿Qué país era el suyo? ¿Era un país o el patio de un manicomio? Se sintió avergonzado de ser español; creyó que si le hubieran dicho que era de un pueblo de antropófagos no le hubiera producido esto más repugnancia.

Era cierto que en la guerra de la Vendée y de la Chuaneria los franceses habían hecho cosas tan horribles; pero esto no era ningún consuelo.

Le empezaba a parecer su país un pueblo de locos, de energúmenos, de gente absurda.

No era la Dama Locura fina, sonriente y burlona de una Nave de los Locos, amable, la que se había paseado por España, sino una mujerona repugnante y bestial, con instintos fieros, una diosa caníbal, adornada con las calaveras de los enemigos.

Al entrar Alvarito en la cama se sintió turbado; soñó varias cosas, y entre los sueños se le apareció la Fiera Corrupia del cartel de la feria de Sigüenza. Era un gran dragón, de una tela impalpable, con tres cabezas, alas y uñas afiladas. Se movía a impulsos del viento. Sus ojos tomaban alternativamente una expresión feroz y sardónica, como los ojos del cura. El viento, cada vez más fuerte, producía tal temblor en el dragón, que Alvarito temía que lo envolviera a él por completo.

Al fin el viento llevó el cartel de la feria por el aire y Álvaro se encontró en el paseo de la Luneta de Medinaceli...