Fue el empleado a ver de cobrar varias facturas a Urdax; se hallaba en un caserío cuando oyó gritos y, temiendo la llegada de los liberales, se subió a la guardilla. Desde un agujero vio el alboroto de los soldados del 11 batallón de Navarra, que empezaron a amotinarse. Se hablaba en contra del general González Moreno; se decía que quería escaparse a Francia con las maletas llenas de oro. El empleado vio al general con su levitón negro y su cara larga, siniestra y cetrina, una cara de cuervo, entrar y salir en la casa del gobernador de Urdax, Iribarren, con su mujer y otras señoras.

Se decía que el general había pedido pasaporte y escolta y que el comisario de la frontera ponía dificultades.

Poco a poco comenzaron a reunirse, delante de la casa del gobernador, grupos de soldados, furiosos.

—Ahora se van con el dinero —decía uno.

—Dinero de la traición —añadió otro.

—Ya se llevan todas nuestras pagas.

—Sí; ellos, ahora, vivirán bien en Francia y nosotros nos moriremos de hambre.

—¡Canallas! Todos son iguales.

Al aparecer González Moreno en la calle, el grupo de soldados comenzó a gritar:

—¡Mueran los traidores! ¡Muera Moreno! ¡Muera Maroto! ¡Viva Elío!