Moreno quiso interpelar a los que le increpaban y levantó el bastón en el aire; un soldado se lo arrancó de la mano, otro se atrasó, le apuntó y le disparó un tiro.
El viejo general cayó; los carlistas le remataron a bayonetazos y a culatazos y le arrastraron por el suelo.
D’Arthez contaba las distintas versiones que circulaban acerca de los instigadores de la muerte de González Moreno; quiénes decían que la instigación había partido de Maroto; otros, de los absolutistas puros. Se aseguraba también que el intendente Arizaga, que estaba en Añoa cuando mataron a Moreno en Urdax, fue el inductor de la muerte del que los liberales llamaban el Verdugo de Málaga. El intendente Arizaga pasó la frontera, en compañía de dos hijos de Maroto, y declaró en la aduana de Behovia que llevaba una maleta llena de onzas de oro.
A González Moreno le mataron los carlistas sin instigación misteriosa alguna. Al menos, así lo pensaba D’Arthez.
González Moreno, según decía D’Arthez, era un general sin genialidad ninguna y sin simpatía, muy enemigo de las tropas de voluntarios y de los guerrilleros.
Viejo antipático, misántropo, gruñón, andaluz a quien molestaba oír hablar vascuence, se manifestaba muy déspota.
Los vascos y los navarros le tenían mucho odio porque les trataba con desdén.
Era González Moreno como la representación del burócrata, palaciego y ordenancista, en medio de aldeanos irritados y furiosos.
Pedro D’Arthez hacía reflexiones sobre la terminación de la guerra carlista. Creía que España, ya libre de la teocracia y de la cuestión de la legitimidad, se orientaría en pocos años hacia la República.
A Alvarito le chocó mucho el que alguien pensara en la República, con relación a España. En su viaje no había oído hablar a nadie de ello.