II
LAS MUJERES Y AVIRANETA
Por aquellos días, a juzgar por las noticias que le mandaban, tuvieron los bayoneses el espectáculo de ver pasar por la ciudad a los jefes carlistas, que algunos gozaban por entonces de cierta fama en Francia; quién le había visto a Merino, y reconocido por los grabados, muy flaco, muy arrugado, con cara de vieja, vestido con levita, pantalón azul y sombrero de copa; otro había identificado a Villarreal, con su aire de enfermo; al barón de los Valles, muy rozagante; a Elío, al duque de Granada, a Valdespina o al príncipe de Lichnowsky. Se hablaba mucho de todos, con detalles; sabían sus condiciones personales, si tenían o no talento, y en Bayona se les conocía tanto como en España.
Un domingo de septiembre Bayona se transformó en un campamento carlista. A las once y media de la mañana, dos compañías francesas llegaron, batiendo marcha, conduciendo a la Subprefectura al séquito del Pretendiente. A la cabeza de las compañías iban varios oficiales montados a caballo.
Se vio al infante don Sebastián, con aire sombrío y huraño, vestido de uniforme y con la espada al cinto; al parecer se opuso a entregar sus armas al jefe de Policía francesa, quien no insistió, al ver la negativa, por comprender que el desarme del infante era una pura fórmula.
A la misma hora entraban en el parque del castillo de Marracq de tres a cuatro mil carlistas desarmados, escoltados por la tropa francesa. Se fueron todos tendiendo en la hierba, cansados e indiferentes. Los hombres y las mujeres de Bayona acudieron a verlos con curiosidad.
—No son tan negros —decían las francesas.
—Ni tan feos.
—Algunos están muy bien —añadían otras.
—Ya han acabado ustedes la guerra —les dijo un señor francés, viejo, hablando en castellano.