—Sí, afortunadamente —contestó un navarro.

—Mucho traidor hemos tenido y gente falsa —añadió un vasco.

—Déjate de eso, que ya ha pasado —replicó un castellano—. La cuestión es que nos den de comer.

—¿Nos darán de comer? —preguntó otro.

—Sí, sí —les contestó una dama española, probablemente carlista—. ¿Qué, tienen ustedes mucha hambre?

—Mucha.

En la Plaza de Armas, cuando la gente veía pasar los restos del malparado ejército carlista, el señor Sánchez de Mendoza, padre de Alvarito, que estaba acompañando a Dolores y a Rosa, conoció entre el público a don Eugenio de Aviraneta.

Se le acercaron tres mujeres: María Luisa de Taboada, la señora de Vargas, que había conocido a don Eugenio en tiempo de la guerra de la Independencia, y Sonia Volkonsky. Las tres miraban furiosamente a Aviraneta. María, de pronto, se destacó, se acercó a él, dio una palmada en el hombro al conspirador y le dijo con voz sorda:

—¡Infame, traidor! Esa es tu obra.

El señor Sánchez de Mendoza, cuyo espíritu estaba siempre en Babia, se quedó asombrado.