—Yo estoy un poco cansado y me voy a la cama. ¿Usted podría en un momento repasar unas cuentas?
—Sí, señor; ya lo creo, con mucho gusto.
—Entonces, yo me marcho. Pida usted algo, si quiere, aquí.
—Muy bien; pediré un café.
Se marchó el ex ministro Cabañas y el señor Sánchez de Mendoza quedó en un rincón del comedor, medio oculto por un gran armario, haciendo números.
No había nadie en la sala más que Aviraneta, que estaba cenando de espaldas a él. Sánchez de Mendoza pensó en acercarse a don Eugenio; pero la frase de infame traidor que había oído por la mañana, dirigida a Aviraneta, le contuvo. No sabía qué fondo podía tener aquello; pero de todas maneras no le pareció oportuno acercarse a él.
En esto se abrió la puerta de cristales del comedor de la fonda y apareció un viejo pequeño, vestido de negro, muy atezado, con levita larga y sombrero redondo.
El viejo se sentó a una mesa y llamó imperiosamente, dando con un cuchillo en el plato.
Era un viejo flaco, calvo, con un pañuelo negro en la cabeza y algunos pelos grises en las sienes; los ojos hundidos en las órbitas, la expresión dura y sardónica y la boca de labios finos.
Aviraneta, al ver entrar al viejo, debió de mirarlo, y el viejo se acercó a él.