—¿Eres tú, Eugenio? —le preguntó con sorpresa.

—Yo soy, don Jerónimo.

Sánchez de Mendoza comprendió, al oír el nombre, que aquel viejo era el cura Merino, el célebre guerrillero, el paladín esforzado del trono y del altar.

—No creí que te vería ya —dijo Merino.

—Yo tampoco a usted —replicó Aviraneta.

—Ya hace treinta y tantos años que nos conocimos.

—Es verdad. ¿Va usted a cenar?

—Sí. Tomaré un par de huevos. ¿Tú quieres cenar?

—He cenado ya. Gracias. Tomaré otro café.

Merino encargó su cena. Echó los huevos a un vaso y se puso a tomarlos con un poco de pan. Después comió una manzana, bebió un vaso de agua, encendió un cigarro y comenzó a fumar. Sus ojos brillaban como los de un aguilucho bajo las cejas espesas y cerdosas; los pocos dientes, amarillos, de su boca mascaban el cigarro.