—Siempre he aborrecido la canalla.

—No sé a qué llama usted la canalla.

—A los liberales, a los cristinos, a los que quieren cambiar la religión y la forma de un país porque sí —repuso Merino con cólera.

—Yo llamo canalla a ese pobre imbécil de don Carlos —replicó Aviraneta—; llamo también canalla a esos aristócratas grotescos, con los cuales usted se mezcla; usted, el cura de Villoviado, guerrillero y pastor; usted, plebeyo, unido con esa gente ridícula, como un perro de ganado con perrillos falderos; llamo también canalla a esa tropa de curas y de frailes que quieren jugar a los grandes generales...

—¡Con qué gusto te fusilaría! —exclamó Merino, pegando un puñetazo en la mesa.

—Yo también le hubiera fusilado a usted cuando le cogí preso en Tordueles. Si no lo hice no fue por falta de ganas. Ahora, ya no. ¿Para qué? Ya no es usted nadie.

—¿Y tú?

—Yo nadie tampoco, pero veo la realidad.

—Crees verla.

—No; la veo y unas veces me río y otras siento tristeza. Pensar que gran parte de esta guerra se ha hecho por la legitimidad, ¡la legitimidad de don Carlos!, del hijo de una mujer como María Luisa que reconoció en Roma que ninguno de sus hijos era de su marido.