—Yo he hecho lo que han hecho todos.
—¡Bah! ¿Qué ha hecho usted? Asesinar, matar para mayor gloria de Dios. Si se mira usted las manos las tiene usted que ver llenas de sangre.
—¿Y tú?
—Yo no soy cura. Yo no predico que todos somos hermanos. Además, he predicado más noblemente que usted. Usted ha sabido escaparse como un conejo cuando le perseguían, ha defendido usted a un pobre mentecato en su derecho al trono. Poco haber para pasar a la historia.
—¿El tuyo es mayor?
—Yo al menos he vivido con entusiasmo ideas nobles, que serán las del porvenir; he peleado con el Empecinado, que valía más que usted, al menos como hombre, porque tenía más corazón y más alma. Sí, he peleado con el Empecinado a quien asesinaron los amigos de usted de una manera miserable, he acompañado a Lord Byron en Grecia. Ahora peleo por la libertad.
—¡Gran mérito!
—Para mí, grandísimo.
—Como militar has fracasado, Eugenio.
—Sí; es verdad. Entre nosotros los liberales y entre ustedes ha habido siempre un ambiente de intrigas y de zancadillas, en el cual una persona digna no podía vivir ni prosperar.