—En todos.
Los dos hombres estuvieron un momento callados, contemplándose atentamente. Sánchez Mendoza los miraba desde su escondrijo presa del mayor asombro. Las palabras de Aviraneta le tenían trastornado.
—Has de reconocer que en la guerra he marchado más lejos que tú —dijo Merino.
—No lo dudo. Ha sido usted un buen militar; el grado de general se lo ha ganado usted con sus puños.
—¿Lo reconoces?
—¿Cómo no reconocerlo? Pero ha puesto usted todas sus condiciones en una mala causa. Dentro de cien años, España será liberal, todo lo liberal que pueda ser España. Quedará lejanamente el nombre de Mina, del Empecinado, de Espartero, de Zurbano..., del cura Merino, ¿quién se acordará? Nadie.
—Es verdad. Nadie se acuerda de los vencidos.
—De algunos, sí.
—Somos enemigos irreconciliables, Eugenio, y, sin embargo...
—Ese mismo sin embargo digo yo.