—¡Adiós, Eugenio!

—¡Adiós, don Jerónimo!

Ninguno de los dos se alargó la mano, pero los dos se pusieron de pie, rígidos, duros, implacables. Aquellos dos pajarracos siniestros se contemplaron un momento pensativos. Don Francisco Xavier los miraba con una estupefacción creciente. Alvarito quizá hubiera pensado que tanto el uno como el otro eran muy dignas figuras de aparecer en la Nave de los Locos. Después de un momento de silencio Merino tomó la palabra.

—Ya, probablemente, no nos volveremos a ver; le queda a uno poco que vivir.

—Todavía está usted bien.

—No. Esto va para abajo. No tengo miedo a la muerte.

—Ya lo sé.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

El cura Merino salió del comedor; Aviraneta dio un paseo cabizbajo y se marchó a su habitación.