Sánchez Mendoza se levantó e hizo delante de un espejo varios gestos de asombro.

El cura Merino salía al día siguiente de Bayona hacia su destierro de Alenzón, donde murió tres años después.

Todas aquellas historias le interesaban a Alvarito; pero, naturalmente, le hubiera interesado mucho más que le proporcionaran algunas noticias de Manón. Ni Dolores ni Rosa en sus cartas mentaban a la nieta de Chipiteguy. Parecía como si hubiera desaparecido del planeta.

SÉPTIMA PARTE

LOCOS Y CUERDOS

I

EL PEINADO

La dueña de la fonda de Molina y don Juan Juvenal, el cura, le recomendaron a un arriero. El arriero iba a Albarracín. Se llamaba Antonio Gómez, el Peinado.

—El Peinado no es hombre simpático —advirtió el cura a Alvarito—; es un manchego muy pagado de sí mismo, pero hombre de confianza. Eso sí, muy pedante. Le dirá a usted que la diferiencia que hay entre una cosa y otra es grande y si usted le dice que sí, que efectivamente, que la diferencia es grande, él le corregirá y volverá a decir diferiencia, para que usted se fije bien y tome nota. Le dirá también aptitud por actitud, ojepto por objeto, etcétera, etc.

A Alvarito esto no le importaba gran cosa; no iba a tratar con un arriero de asuntos gramaticales.