Llamaron al Peinado, Alvarito se entendió con él respecto al precio y al día siguiente salieron juntos.
El Peinado, hombre pequeño, moreno, de cara juanetuda, pelo negro entrecano, frente estrecha y color oscuro, usaba bigote grueso y patillas cortas. Muy sabihondo, muy redicho, de gran sentido práctico sanchopancesco y de gran seriedad, no reía nunca.
El Peinado se manifestaba muy puntilloso, con una idea de la honra exageradísima, muy mala opinión de las mujeres y no muy buena de los hombres. Tipo con alma de seminarista o de leguleyo, para él el refrán a tiempo o el juego de palabras oportuno, constituía una victoria. Los triunfos en la conversación envanecían al Peinado y los consideraba de gran importancia.
Era también el arriero el hombre de los distingos.
—¿Esto es así o no? —le preguntaban.
—Puede que sí y puede que no —contestaba él puntualizando y echándoselas de ingenioso.
—¿Pero es bueno o es malo?
—Según. Es bueno y malo. Es bueno en tal caso y malo en tal otro.
Todos aquellos distingos y sutilezas impacientaban e irritaban a Alvarito, que recordaba el buen sentido tranquilo de Chipiteguy.
El Peinado, muy partidario de los refranes, como el señor Blas, recordaba sobre todo con fruición los mal intencionados y crueles.