Al comenzar el viaje, hablaron Álvaro y el arriero manchego de la fonda de Molina, y el Peinado contó que la dueña estaba reñida con su hijo, y para explicar las disensiones de la familia, añadió:
—Ya se sabe que humo, gotera y mujer vocinglera, echan al hombre de su casa fuera.
El Peinado siempre hacía el comentario malévolo. Poco después de salir de Molina, al pasar por una encrucijada del camino, en el puente del río Gallo, al parecer lugar de mala fama, dijo con intención aviesa:
—Aquí, desde tiempo inmemorial, se asegura que suelen apostarse los ladrones.
—¡Bah!, no tengo miedo a los ladrones —saltó Alvarito—. Lo que me choca es que los arrieros que andan por estos caminos tengan siempre tanto miedo.
El Peinado protestó y dijo que él no conocía el miedo.
—Pues yo creía que estaba usted asustado —le replicó con sorna Alvarito.
—Se lo advertía a usted.
—¿Para qué? si se presentan ladrones en ese sitio es inútil advertirlo de antemano, a no ser que quisiera uno renunciar al viaje, y yo no pienso en ello.
El Peinado contempló a su compañero con sorpresa.