—Pues Palillos ha sido muy famoso —dijo el ciego—. Palillos padre, don Vicente Rugero, era un viejo muy ladino; tenía una partida muy bien organizada y muy militar. Ya lo creo. Y no piense usted que era fácil entrar en ella.

—¿No?

—No. Para entrar en la partida se necesitaban muchas condiciones. Había que tener menos de treinta años, ser fuerte, buen caballista, estar acostumbrado a la vida del campo y no tener parientes ni amigos entre los cristinos.

—¿Y usted, qué edad tiene?

—Yo, treinta y siete. Parezco más viejo, ¿verdad?

—Sí.

—Las desgracias.

—¿Y los jefes también tenían que ser tan jóvenes?

—No; los jefes podían ser más viejos. Al que entraba en la partida se le hacían muchas preguntas y luego se iba a comprobar lo que había dicho, y si algo no resultaba cierto, no se le admitía.

—¿Y tenían ustedes paga?