—Sí.

—¿Llevaban ustedes uniforme?

—Todos íbamos igual. Se llevaba calañés alto, de pana o de terciopelo negro, adornado con algunas carreras de botones; medallas, cintas rizadas y un plumerito negro. La mayor parte usaba patillas. Se vestía marsellés corto, guarnecido de cinco botonaduras de monedas de plata, pesetas o reales columnarios. Algunos jefes lucían doblillas de oro y, en vez del calañés, boina blanca o sombrero redondo con funda de hule. Se gastaba calzón corto, de pana o de terciopelo negro; ancha faja para el puñal y los cachorrillos; polainas de cuero y zapatos de una pieza. En el arzón del caballo se ponían las pistolas y el trabuco.

El saludador explicó a Alvarito las acciones en que tomó parte, casi todas ellas en la Mancha. Ninguna pasaba de ser una requisa como de carabineros. Si encontraban un enemigo fuerte para medirse con ellos, huían rápidamente.

—Cuando Palillos se proponía sacar contribuciones en una comarca, dividía su caballería en partidas de treinta a cuarenta hombres —siguió diciendo el ciego—; ocupaban todos los lugares en un espacio de seis a ocho leguas cuadradas. Cada paisano debía suministrar todo lo necesario para un jinete y un caballo. Los pueblos se veían obligados a entregar a Palillos la misma contribución que pagaban al gobierno de la Reina. Entrábamos nosotros en un lugar, y lo primero, para que nadie tocase a rebato y diera señal de alarma, nos apoderábamos de la torre de la iglesia y poníamos en el campanario un centinela. El centinela observaba cuanto pasaba a larga distancia y si veía algo tocaba la campana, y según las campanadas nos entendíamos. Era como la línea de telégrafo de señales del Gobierno. Así, don Vicente Rugero sabía con rapidez si aparecía el enemigo y por dónde. La mayoría de las partidas tenían jefes propios, que no se ponían de acuerdo más que para cobrar las contribuciones.

—¿Y eran famosos estos jefes?

—Entre nosotros, sí; a todos ellos los conocíamos por sus apodos. Teníamos a Palillos, Orejita, Parra, La Diosa, Chaleco, El Rubio, El Presentado, Cipriano, El Veneno, El Arcipreste, Matalauva, Escarpizo, Peco, El Perfecto, Manolo el Pare Pare, El Apañado, El Feo de Buendía, Perdiz, Cuentacuentos, El Curita de Bujalance, El Mantequilla, El Barba, Cuatrocuartos, Calero, El Bombi, Sin Penas y otros. Se vivía sobre el país, y cuando una comarca no podía dar lo suficiente para alimentarnos, íbamos a otra.

—¿Y estaban ustedes bien avenidos unos con otros?

—No. Yo solo tenía un poco de confianza en el Manquillo, que estaba conmigo a las órdenes del capitán Calero, porque el Manquillo era un hombre que, como yo, hacía su agosto por si venían los tiempos malos.

—¿Así que no había muchas amistades entre los guerrilleros?