—Pocas. Abundaban los granujas y los perdularios, que hacían daño sin aprovecharse nada. El Manquillo, no.

—¿Ese, era algún manco?

—Sí. Al Manquillo le faltaba la mano derecha y tenía para sustituirla un gancho de acero en la muñeca cortada, que parecía un colmillo de jabalí y que lo manejaba con gran habilidad. El Manquillo era capaz de saquear una casa en cinco minutos.

—¿Y qué le pasó a usted para quedarse como está? ¿Fue en alguna batalla?

—No; la cosa es un poco larga de contar.

—Si no tiene usted nada que hacer, cuéntela usted. Mi compañero de viaje no viene y nuestra comida no debe estar arreglada.

—Bueno; entonces que me traigan otro poco de queso y de pan y un vaso de vino.

El saludador comenzó a comer despacio y a beber el vino a sorbos, y luego empezó así su narración:

—Como le he dicho a usted, he sido yo siempre muy arreglado y amigo del ahorro, y como comprendía que la guerra no había de durar siempre, guardaba mis dineros para la vejez. Tenía una casa en Pinarejo, en la Mancha, que me costaba muy poco, y había llevado allí a mi madre, a mi mujer y a una sobrina suya, moza muy guapa, la Teodora. Mi mujer estaba muy enferma, tísica, desde hacía algunos años, y el cirujano decía que no tenía cura. Los vecinos contaban que yo me entendía con la Teodora, mi sobrina; pero no era verdad. Ahora, si mi mujer se hubiera muerto, yo me hubiera casado con ella. ¿Usted no tendrá un cigarro?

Alvarito le dio un cigarro al ex guerrillero, quien lo encendió despacio, y, después de unas chupadas, siguió así: