—Yo no hablaba a nadie de la partida de mi casa de Pinarejo, ni de la gente de mi familia. No sé cómo, pero el Papaceite, Perdiz y el Cuentacuentos averiguaron dónde yo tenía la casa y hasta que guardaba dinero. Aquellos hombres me tenían a mí rencor porque veían que no gastaba locamente como ellos.
Estos contaron al capitán Calero, a quien llamábamos Calerito, lo que ocurría.
Calero empieza a rondar mi casa, habla con la Teodora, se entiende con ella y un día se lleva el saquito de monedas de oro, que yo había guardado a costa de tanto esfuerzo, y a la chica.
—¿Y se casó con ella? —preguntó Álvaro.
—No; el capitán Calero estaba casado; pero era hombre joven, buen mozo y la engañó y trastornó a la sobrina de mi mujer. Le dijo que yo era un avaro, un roñoso, que mientras los demás gastaban con los compañeros, yo ahorraba como un miserable, y la convenció para que entre los dos cogieran mis ahorros y se los gastaran alegremente.
Supe que hubo francachelas en que tiraron el dinero y después la Teodora y el capitán fueron a vivir a una casa de Santa María de los Llanos.
La primera vez que me encontré a solas con Calero, le dije:
—Devuelva usted ese dinero.
—Es tan tuyo como mío —me contestó él—; además, que ya nos lo hemos gastado alegremente.
—Devuélvame usted lo que queda, porque si no, lo vamos a pasar mal.