—Lo pasarás mal tú —contestó él.

Entonces yo le agarré del brazo y él se separó y me dio un golpe con el mango de la pistola en la cabeza. No le maté porque había gente delante.

Fui a mi casa de Pinarejo y le dije a mi mujer lo que pasaba. Ella, celosa, replicó que yo quería vengarme porque estaba enamorado de la Teodora. Le contesté que no. Ella me replicó que pasara la noche con ella.

Todas las horas de aquella noche las pasé desvelado y pensando.

Por la mañana, al despertar, miré a mi mujer; había tenido un vómito de sangre y estaba muerta.

Me levanté, cogí el trabuco y lo cargué con balas cortadas y con bolas de cera.

—¿Y con bolas de cera para qué? —preguntó Alvarito.

—Dicen que al que se le tira así, arde. Después arreglé mi caballo y salí camino de Santa María de los Llanos.

Busqué la casa del capitán Calero, llamé en ella y encontré a mi sobrina; la dije lo que tenía que decir y pregunté por el capitán.

—No está —me contestó ella.