—¡Bah!, me han dicho que sí. Dime dónde está, porque tengo que hablar con él.
—Registre usted la casa, si quiere, y verá usted cómo no está —replicó ella.
Recorrí toda la casa, con mi trabuco en la mano, hasta llegar a una alcoba, cerrada con una puerta ligera.
—¿No hay nadie aquí? —pregunté.
—No.
—¿Lo juras?
—Sí.
Cogí mi trabuco y disparé sobre la puerta. La puerta se abrió y apareció el capitán, malherido, echando sangre.
—Me has matado —dijo—; ¡toma! —y me disparó a boca de jarro su trabuco. Me llevaron al hospital de Quintanar de la Orden y allí pasé más de dos meses.
—¿Y Calero? —preguntó Alvarito.