—Se murió.

—¿Y de la sobrina, qué fue?

—No sé; escapó, anda haciendo mala vida por ahí. Ya ve usted; yo, que tenía la vejez asegurada. Es el sino de las personas.

No había en el ex guerrillero ni asomo de remordimiento ni idea de que podía haber obrado mal.

III

EL OFICIO DE SALUDADOR

El guerrillero, con un sentido práctico de manchego cuco, al salir del hospital, casi ciego, y no pudiendo practicar ningún oficio, se echó al camino a tocar la guitarra y luego se hizo saludador. Tenía varios ensalmos para sanar las vacas y el ganado. A las personas las curaba con agua; pero él no daba ni el agua siquiera, porque sabía que dando el agua los médicos podían denunciarle.

El saludador no creía absolutamente en nada de sus prácticas misteriosas; pero consideraba que, así como de guerrillero robó lo posible, como saludador debía engañar a toda persona cándida para creer en sus embustes.

Aquel hombre no sentía la tendencia natural y espontánea del campesino, de dar a las cosas una explicación sobrenatural y mística. El ex guerrillero consideraba todo en la vida natural justificado y determinado, y si engañaba a los demás, lo hacía a sabiendas.

—¿Pero usted cree que puede curar con sus oraciones? —le preguntó Alvarito.