Con el profesor, Álvaro visitó los alrededores. Estos aledaños de Albarracín eran despoblados, desnudos, de una terrible soledad.
El profesor le mostró a Alvarito las murallas de la ciudad antigua y juntos recorrieron las colinas de peña caliza por donde pasa el Guadalaviar desde las sierras Idúbedas.
Todo aquel campo tenía un aire desolado como pocos, era una tierra de anarquismo cósmico, bronca y maravillosa; un paisaje para aventuras de caballeros andantes; despoblado, desierto, sin aldeas, con barrancos dramáticos llenos de árboles, con cuevas sugeridoras de monstruos y endriagos. La tierra de las proximidades de Albarracín, según dijo el profesor, se iba haciendo cada vez más fría, sin saber por qué, y la viña desaparecía paulatinamente de los contornos. Unos días después, el señor Golfín y Álvaro se alejaron de la ciudad, hacia el país de los madereros. Allí no se notaba la guerra, ni la guerra ni la paz, porque aquello parecía un lugar desierto y abandonado.
Alvarito vio cómo los madereros arreglaban los riachuelos para conducir la madera cortada y cómo los descargaban en carros especiales para llevar árboles enteros.
Pasados unos días de excursiones el profesor y Alvarito, en dos caballejos, se dirigieron camino de Teruel.
Charlaron de muchas cosas. El profesor no tenía la genialidad del Epístola ni su facundia, y lo que sabía, lo sabía a fuerza de estudio.
El señor Golfín le habló de su familia, procedente de Cáceres; de los Golfines, dueños, en la parte vieja de la ciudad extremeña, de un gran palacio. Según el profesor, el apellido Golfín procedía, probablemente, del alemán Wolf (lobo) o de Wölfin (loba).
El señor Golfín llevaba en el bolsillo un libro, sacado de alguna casa albarracinense, que se titulaba Gobierno general, moral y político, hallado en las fieras y animales silvestres, por el padre Fray Andrés Ferrer de Valdecebro, natural de Albarracín. El profesor leía, a veces, trozos de este libro, impreso en Barcelona, a final del siglo XVII, y le parecía tan disparatado, que se quedaba atónito.
El señor Golfín indicaba a Álvaro los árboles y las plantas con sus nombres científicos. Alvarito no tenía memoria para recordar tanto dato; quizá no sentía tampoco mucha afición por estos conocimientos.
En el campo veían las sabinas como árboles, el junípero, el boj, el cantueso, el romero, el tomillo. Nubes de cuervos y de chovas revoloteaban por el aire, y a veces pasaba el quebrantahuesos blanco, la abubilla y la oropéndola.