El señor Golfín daba grandes explicaciones a Alvarito sobre la geografía y la constitución de los terrenos.
Era el profesor un poco aficionado a las fantasías geográficas. Así, muchas veces, Alvarito le oía decir: «Si los Pirineos estuvieran de Norte a Sur, toda la vida española sería distinta».
Otra vez decía: «Si en España tuviéramos una región con lagos, nuestra psicología, probablemente, no sería la misma».
El profesor y Alvarito se hicieron muy amigos; durmieron en la paja de los desvanes y comieron en el campo, sentados sobre la manta, extendida, mientras tenían ante los ojos una de las decoraciones más extraordinarias de la vieja España.
Para comer al mediodía, como el sol apretaba ya mucho, solían buscar la barrancada de algún río, y allí, en el prado con yezgos y lechetreznas, o en el juncal, con matas redondas se detenían, contemplaban las rocas, altas, amarillas y rojas, algunas llenas de cuevas.
Veían las peñas con aire de murallas quebradas, con altísimos escarpes, llenos de pinos y de robles; las hoces, con recodos misteriosos, y los resaltos, en donde nacían confundidos el espliego, la jara, la retama y el tomillo. Después de comer, el señor Golfín se dedicaba a las explicaciones científicas.
A veces subían por una calzada de piedras, detrás de alguna recua de mulas con sus arrieros, y se oían las campanillas de las colleras y los cascos de las caballerías, que echaban chispas.
El ver los pueblos al amanecer y al anochecer, el salir de la aldea cuando los campesinos vuelven a sus hogares cantando, el entrar por la calle del pueblo cuando van los labriegos a sus faenas, todo ello es, sin duda, materia propicia para filosofar sobre la vida y sus horizontes.
Los campesinos, por lo que notó Alvarito, estaban ya hartos de no poder coger sus cosechas; muchos, al principio, quizá habían deseado la guerra, pero ya ansiaban la paz de cualquier manera que fuese.
Era difícil, sin verlo, suponer la miseria de aquellos pueblos, su vida estrecha y de tan poca sustancia.