El tiempo no le sobraba al profesor; aún estaban lejos, y tuvieron que apresurarse y marchar en línea recta a Teruel, montados en sus caballerías. Como en la célebre estampa del gran Durero, en donde va el caballero tranquilo, cercado por la muerte y el diablo, así marchaba Alvarito, pensando vagamente en la vida dejada atrás, en su familia y en su dama.
VII
LOS ORIGINALES DE TERUEL
—Como ve usted, Teruel —dijo el profesor Golfín— es una ciudad colocada en la meseta de una colina y casi rodeada de barrancos. La superficie de la muela en que se asienta la urbe es irregular y ofrece su punto más alto en la plaza de la Judería.
En tiempo de la guerra carlista tenía Teruel todavía murallas, con sus aspilleras correspondientes; explanadas y garitas en los ángulos; las puertas, en número de siete, estaban guardadas por la milicia nacional. El señor Golfín y Alvarito necesitaron dar explicaciones a los milicianos para entrar en la ciudad.
Alvarito fue a hospedarse a una fonda de la calle de los Ricos Hombres.
Teruel es una ciudad en donde la meseta hispánica se va asomando a Levante; es un punto en el cual la tierra, seca, áspera y ruda, se acerca a la huerta fértil y bien regada. El Turia pasa por cerca del cerro, en donde se encuentra la población.
Alvarito suponía que Teruel sería un poblacho sin carácter; pero se quedó un poco sorprendido al ver la plaza de la Catedral, las varias torres airosas y ornamentadas, la Plaza Mayor con sus tiendas y el Acueducto con los arcos, con cierta grandeza, como obra de romanos.
El señor Golfín le habló del arquitecto o maestro de obras francés que supo levantar la torre mudéjar de San Martín cuando se caía, porque se le desgastaban los cimientos, y apuntalarla con vigas y reparar su base.
El señor Golfín le invitó a comer, en su casa, a Álvaro, y conoció a su familia y a una muchacha turolense, amiga de la hija del profesor, rubia, pequeña, un poco desdeñosa, muy redicha y muy perfilada.