Con la hija del señor Golfín y con su amiga paseó Alvarito por los arcos de la Plaza Mayor, produciendo la curiosidad del público, formado por militares y por estudiantes.

El señor Golfín tenía amigos, compañeros del profesorado; pero no estaba muy satisfecho de ellos porque no consideraban la ciencia con la seriedad necesaria. Uno, profesor de Física, hombre de unos sesenta años, encorvado, con la cara arrugada, curtida, de mal color, los ojos pálidos y el bigote blanco, amarillento, caído, contaba este rasgo de humorismo suyo, que lo repetía a todos los conocidos, y que producía la estupefacción del señor Golfín.

—Antes —dijo el profesor de Física a Alvarito—, nuestra ciudad se estaba poniendo en ridículo. Llegaba el verano, venían las temperaturas máximas de toda España y se leía en el periódico: Máxima, en Teruel, cuarenta grados a la sombra. Entraba el invierno, se cogía el periódico y se leía: Mínima, en Teruel, doce grados bajo cero. Desde que yo estoy ocupado de las observaciones meteorológicas, ya no pasa esto; ni el termómetro sube ni baja tanto y Teruel no se pone en ridículo.

Otro de los amigos de Golfín era el señor González Carrascosa, el arqueólogo. El señor Carrascosa estudiaba los monumentos de la provincia de Teruel, pero solo los de la provincia; los demás no le interesaban nada. Alguna vez que había estado algún arqueólogo en Teruel, el señor Carrascosa, como hombre amable, le acompañaba por todas partes y le servía de cicerone, hasta dejarle, como decía él, en los límites de la provincia. Más allá de los límites de la provincia, el mundo no le interesaba.

Con el señor Carrascosa, Alvarito contempló la iglesia donde se encuentran el amante y la amanta, como se dice en el pueblo; la torre de San Martín, con sus mosaicos, sus arabescos y fayenzas, y el arco ojival, una de las entradas del pueblo; vio también el antiguo colegio de jesuitas, entonces convertido en cuartel, y su iglesia magnífica, de gusto barroco, con unos decorativos miradores y el cuadro de Las once mil Vírgenes, de Antonio Bisquert, en la catedral.

En una de aquellas visitas, el señor Carrascosa le presentó a un pintor bajo, moreno, de color bronceado, pelo y barba negrísimos y muy velludo. Este pintor, de origen valenciano, se llamaba Fuster. Fuster trabajaba en un desván grande del colegio de jesuitas, donde tenía su estudio. Vivía pintando algunos estandartes para las iglesias de los alrededores, quemadas durante la guerra. Al conocerle a Alvarito le invitó a ir a verlo.

Alvarito fue al estudio, y Fuster le enseñó sus estandartes y algunos retratos que pintaba, de colores muy violentos, que le sorprendieron.

Estando allí apareció un señor alto, al parecer extranjero, aunque conocía muy bien el castellano, que se puso a hablar con el pintor. Este señor era hombre de edad indefinible, muy esbelto, ojos claros y grises, la nariz bien hecha, la cara larga, la mandíbula grande, la mano fina y aristocrática. Habló con gran elegancia y Alvarito quedó muy sorprendido por las ideas, que a él le parecían nuevas, que tenía sobre la guerra y sobre el arte.

Cuando el señor se marchó, Alvarito le preguntó al pintor:

—¿Quién es este hombre?