—No sé; es un señor recién llegado, que quiere comprarme un cuadro.
Fuster tenía aire de salvaje, era hombre violento, expresivo y tan velludo, que, según él mismo contaba, una muchacha le había dicho una vez: «Chiquío, por poco no naces burro». Fuster sentía gran entusiasmo por su arte y momentos de desilusión y de tristeza.
Alvarito intimó rápidamente con él y le vio pintar sus santos y sus retratos.
Alvarito quedaba muy sorprendido al ver los colores que empleaba Fuster. Él no veía aquellos verdes ni aquellos amarillos que ponía el pintor velludo en las caras de las personas.
—Yo me figuro lo que es pintar —decía Fuster—; pero no pintaré nunca.
—¿No se empeñará usted en poner colores que no hay? Yo no veo ese verde en las caras —indicó Alvarito.
—Usted dice que no ve ese verde en la caras; pues lo hay. ¡Qué desesperación!; la gente no ve las cosas como uno las ve. A mí me gustaría buscar el carácter de las figuras; pero ahora no puede usted pintar a una mujer, ni siquiera a un hombre, tal como es, sin que crean que le han afeado y le han puesto más viejo. ¿Usted ha visto la familia de Carlos IV, pintada por Goya en Madrid?
—No; no he estado en Madrid.
—Pues allí están pintadas gentes de la familia real, con sus narices, con sus colores, con el parche en la sien de una vieja fea con aire de lechuza. Ahora, no; ahora no puede usted pintar así. La hija del zapatero tiene que ser una ninfa, el mondonguero debe aparecer como un prócer, el carnicero quiere que le retraten de levita.
El pintor le acompañó a Alvarito a ver la antigua techumbre de la catedral, con artesonados y pinturas ocultas desde hace tiempo por una bóveda moderna.